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viernes, 24 de febrero de 2012

Exclavitud & humillaciones

Desde julio de 1811 hasta agosto de 1813, momento en que Suchet ordena al general Bertoletti que abandone Tarragona, no sin antes dejar un total de 23 minas para destruir la ciudad, ocurrieron numerosas humillaciones dignas de ser destacadas.
Una de ella era conocida como la vedada. La vedada consistía en hacer tocar las campanas por un tiempo de 15 minutos. Se tocaban a las 8 de la tarde y los vecinos tenían que recogerse en el interior de sus casas, con la obligación de apagar las luces a partir de las once de la noche. Una especie de toque de queda que quien no cumplía tenía el destino de morir ahorcado.
Otra era el tener un pase o carta de seguridad que valía 4 reales. Nadie podía entrar o salir de la ciudad sin pase de seguridad, y el pase permitía al portador alejarse de la ciudad únicamente por un tiempo de dos horas.
Los franceses dominaban con mano de hierro. En ocasiones realizaban registros en las casas, si encontraban armas o simplemente, utensilios que ellos pensaban que podían ser usados como armas, el vecino era conducido al convento de la Merced y ahorcado sin juicio alguno. En ocasiones daba tiempo para que algún canónigo los confesara, en otras no les permitieron ni ponerse en paz con Dios.
La simple denuncia a la gendarmería por quien fuera, alegando que eras un soplón o que pertenecías a los brigants (Los brigants eran la resistencia), tenías el mismo destino que el resto, morir en la horca sin juicio previo.
Cuando un pueblo del corregimiento no satisfacía los tributos exigidos por los franceses, se llevaban presos a los prohombres y religiosos de la villa. Los mantenían encarcelados en las torres del castillo del Patriarca, sin agua ni alimentos. Eran los propios vecinos quienes recogiendo limosnas mantenían a los presos, y con las mismas limosnas, tenían que pagar los tributos exigidos para que fueran liberados, algo que ocurría con poca frecuencia.
En breve, más.

martes, 24 de mayo de 2011

Quinta entrega de El Mellado: Joaquín Fábregas Caputo.

Joaquín Fábregas Caputo
Capitán de las Milicias
Urbanas de Tarragona en 1811

Quien nos irrumpe con valor y arrojo en esta nuestra crónica de hoy,  es el querido y valorado Quim Fábregas, cuyo nombre cumplido no es otro que el de Joaquín Fábregas Caputo, así que con el beneplácito de todos los oyentes marchamos a conferenciar sobre la existencia de nuestro héroe y aunque hallen oposiciones con los pliegos novelados, les atestiguo que lo que van a atender a continuación es la indudable historia de Fábregas.
Era Quim retoño de una familia burguesa de la plaza, así que en su cháchara y modos no faltaban el respeto y la sapiencia, que la tenía a esportillas. Brotó a esta vida un 2 de noviembre del año de nuestro señor de 1778, por lo que el año del asalto poseía en su haber la edad de Cristo, y si bien los Caputo eran oriundos de Italia la estirpe se hallaba en la plaza desde mediados del siglo XVIII cuando el negociante Francesc Caputo Gallo cultivaba labores de alguacil.
Su progenitor, Ramón Fábregas Seguí era notario y prior del Colegio de Escribanos de la villa y nuestro personaje, mostrando agallas como pocos se presento voluntario a las Milicias Urbanas en junio de 1810 cuando otros en aquellas fechas tenían que ser enrolados a punta de fusil y bayoneta. Si es que por aquellos entonces la política de levas de O’Dónell lo único que hacía era abonar el odio de todos, eso y las innobles leyes que dictó sobre las deserciones, pero obviemos al resto y al comandante O’Donell, que ya habrá lugar para ellos más adelante.
Su reputación y bravura frente al enemigo pronto le condujeron a lucir el compromiso de subteniente y ulteriormente el de capitán de Migueletes y les expreso fidedignamente que para lucir las charreteras había que ganárselas con valor, que nadie concedía nada por entonces.
A nuestro valiente y aguerrido Quim se le delegaron diversos encargos nada cómodos de culminar, como la de socorrer las tropas de regulares al mando del marqués, con batidas en primera línea frente al enemigo para que los nacionales consiguieran de esa forma, existir libres de ventura y peligros, y naturalmente a la atención urbana con labores de vigilancia y patrullaje por los empedrados, así como a los partes de recados de enlace entre las diferentes tropas y mandos, y por si lo que le refiero fuera poca tarea, tenía la labor de establecer y mandar muchas de las guerrillas que dieron por la trasera una y otra vez a los piojosos gabachos desbaratando sus avanzadillas y destrozando sus convoyes y asentamientos.
Pero pasemos a lo substancial del asunto que nos reúne hoy frente a la panocha acolchada,  que fue otro que el desempeño de Fábregas como capital de Migueletes durante los dos meses de asedio, cuando las granadas y las bombas no consentían entrecerrar los ojos para yacer un instante y muchas de las balas lanzadas por los cañones de grueso calibre de los imperiales impactaban en las techumbres de muchos hogares y construcciones de la plaza, derrumbando muros y aprisionando entre los escombros a los nuestros, tal era el brío y desespero de las tropas de Suchet por tomar la ciudad que no dejaban los bronces catedralicios un soplo de paz y ellas con sus repiques tampoco. Así que a Fábregas y a sus subordinados los consignaron a abrigar el Portalet, quehacer de envergadura, se los atestiguo.
Logrado el día del asalto, las tropas de ese posterior mariscal llamado Suchet penetraron en la plaza a la desbandada por el baluarte de San Pablo, vociferando como energúmenos que eran y chamuscando pólvora con sus fusiles, manejando sus sables y las aterradoras bayonetas con las que ensartaban a todo bulto que se les apostaba por delante y les brindaba algo de aguante, así que en poco período y velozmente se esparcieron por doquier, irrumpiendo en la plaza pese a la tenacidad y bravura de los lugareños y migueletes que se hallaban apostados tras las barricadas y parapetos que se habían cimentado en todas las travesías mientras se les lanzada plomo tras los balconcillos y lumbreras aspilladas, y los vecinos les arrojaban todo cuando tenían a su alcance, se gobernaron como expresaba hacía la posición defendida por Joaquín Fábregas que les aguardaba con sus valientes.
Eran muchos los que remontaban por la bajada de los capuchinos y ya colmaban la gran explanada, así que hay que expresar que Quim Fábregas amparó su paraje bravamente, batiendo un buen numero de tropa enemiga mas cuando el escenario se hizo indefendible, no dudó en salvar a los suyos y replegarse, ordenando al soplo, como un bravo, que sus prójimos prosiguieran la riña cuerpo a cuerpo, a la desesperada, lanzando cuchilladas como osados, hasta que no tuvieron mas disyuntiva que desatender su posición, pues desabrigados por los regulares, el número de contrarios progresaba y no tenía forma humana de sujetarlos, así que la reyerta se ensanchó por la plaza de la Fuente y por la bajada de Misericordia. Como han escuchado, teníamos a nuestro héroe en la mal llamada segunda línea de defensa, que en aquel soplo era la primera pues el arrabal hacía pocos soles que había estado tomado por los imperiales.
A la altura de la corredera Mayor, un soldado gabacho le cayó encima, pero Fábregas lo espichó con un mandoble de su sable cuando en el mismo soplo abatió a otro enemigo que le embestía por el dorso, que de traidores lo eran un buen rato, no como los nuestros, que dábamos la cara para que nos la partieran y los roñosos lo hicieron, pero nos llevamos por delante una buena piara de puercos gabachos cuyos jamones deben estar fermentándose sobre los enlosados de las travesías.
Como tantos valientes, en el llano de la catedral recibió hasta cinco lesiones de sable, bayoneta y plomo, las más embarazosas en el pecho y la cabeza, hasta que definitivamente, sin fuerzas por la pérdida de sangre que le dejó extenuado y sin aliento, fue sometido y aprisionado por los franchutes quienes le arrastraron hasta el cuartel de su general en Constantí, como ya conocen.
Los enemigos forjaron pocas excepciones con la orden del general de pasar a cuchillo a los defensores, solo aprisionaron a los oficiales de alta graduación, suerte de Fábregas que tras mostrar su valentía en numerosas refriegas había logrado alcanzar el grado de capitán, lo que le salvo del degüello indiscriminado que realizaron los cochinos gabachos.
Sanado de sus lesiones fue acarreado a La Francia y confinado en los castillos de Grijon, Sant Franóis d’Ayxe y en la ciudadela de Montpeller. Allí ensayo una evasión que desdichadamente no tuvo buen final, por lo que fue reubicado en el castillo de Jou, donde subsistió reciamente encadenado por el tiempo interminable de cinco largos y eternos meses que se le atojarían lustros.
Posteriormente logro tocárselas de su cautiverio y retornar a la ciudad de Tarragona que tanto amaba y a la que defendió hasta la extenuación. En 1817 fue nombrado notario, extendiendo la labor de su progenitor en la escribanía pública del Real Colegio de la Ciudad.
Fue diferenciado con la placa de fidelidad de las Milicias Urbanas de Tarragona. Cabe revelar que según registraba  el caballero Alegret, y de acuerdo con la reproducción del artista Salvador Alarma Tastás, el uniforme de las Milicias Urbanas de Tarragona radicaba en una casaca corta en azul aturquesado, sobre el pecho una pasamanería semicircular en verde y en tiras pequeñas, con botonadura dorada, armilla blanca cerrada por la parte inferior y cuello alto donde figuraba un distintivo delante de la papada. Los hombros también eran alzados, con un ribete verde y el indicativo de graduación.
Fábregas destacó por su prestigio como defensor de la ciudad y su lealtad a la Monarquía. Ulteriormente ascendió a comandante de la Milicia, jefatura bien lograda.
Unos años mas tarde y durante pocos meses, fue designado alcalde de la ciudad, pero eso es molienda de otro costal y yo ya no les fastidio más con mis cosas, pero me parece innegable que al final de mi disertación, ya conocen ustedes pizca más de nuestra historia que esta mañana al levantarse de su jergón.

Por cierto, esta parrafada que os he desenganchado se la debemos a las notas recopiladas por el Ilustre Jordi Morant i Clanxet, que es de donde un servidor se ha valido para ofrecerles está charla dedicada a Joaquín Fábregas Caputo y a los héroes de Tarragona de 1811.
Fábregas, los amantes de la historia, no te hemos olvidado.

martes, 17 de mayo de 2011

Cuarta entrega de las crónicas del mellado

Louis Gabriel Suchet

El general Louis-Gabriel Suchet, duque de la Albufera, llegó a Zaragoza en el invierno de 1808: venía a colaborar en el primer Sitio. Había nacido en 1770 y era hijo de un sedero de Lyon. No era lo que se dice un militar de carrera, de hecho iba a seguir con el negocio paterno, pero se había curtido en distintas campañas napoleónicas en Suiza, Italia, Polonia y Alemania, y decidió quedarse en el ejército. A partir de la primavera de 1809, cuando partía hacia Burgos, sería nombrado general del III Cuerpo del ejército francés, que sería el Ejército de Aragón y Cataluña. Se quedó en España hasta 1812.
Voy a referirles entonces, una vez lucida la estampa de este criminal los preparatorios y todas las acciones que acometió para el asalto a nuestra ciudad.
Fue el 10 de marzo de 1811 cuando recogió el mandato de Bonaparte de gobernarse hacia nosotros para que rindiéramos la plaza. Así que el general gabacho, afirmados los dorsos, establece el sitio apostándose con 20000 soldados en la villa vecina Reus, donde cumplió diferentes labores, fortificando conventos y convirtiéndolos en hospitales de sangre. Así mismo, dispuso que su ejército  situase su cuartel general en la de Constanti y ofició a sus generales lo siguiente:
Previno que el general Harispe con el ingeniero Roginat, atravesaran el puente de piedra sobre el Francolí y se orientasen hacia el fuerte del Olivo, disposición que debía cometer la brigada del general Salme, mientras que la de los italianos de Palombini se dilatarían hasta la zurda, pretendiendo la toma del Loreto, empleado en este alto y el reducto vecino del ermitaño. Para consumar la orden de su emperador, el cerco a la ciudad se remataría emplazando tropas en el camino de Barcelona, junto a la costa, para que Frére asentase su división de 17000 hombres en el lado enfrentado, ocupándose Harbert del frente del Francolí.
El cerco sobre nuestra ciudad se había ultimado y no dudó en decretar cortaduras en el acueducto moderno que proveía de agua nuestra villa, al igual que mando expulsar de lisiados todos los dispensarios de Reus y las localidades lindantes, despachándolos en una columna hacia la ciudad de Tarragona, con la perturbada mira de abarrotar nuestros botiquines, sin embargo los nuestros, procediendo con la cabeza fría y teniendo como salida el puerto, los fletamos hacia Mataró, que quizás ese generalucho cavilaba que no discurríamos, pero si lo hacíamos. Igualmente los somatenes le restituyeron la trastada y se arrimaron hasta Santes Creus para fragmentarles los caños de agua con la que abastecían de agua la tropa. Ojo por ojo y diente por diente, que diría Mingo, así ardan en el averno.
Ciertamente que no voy a fastidiaros de nuevo con la quebranto del fuerte del olivo, eso ya os lo he referido, ni como se dilapidó el arrabal, pues eso igualmente ha sido primer plato de mis dietarios, así que voy a historiarles las múltiples bajezas, tropelías y violaciones que se fraguaron en los fogones del franchute durante lo del asalto, que ya toca describir exactitudes.
Todo apunta a que el general gabacho se hallaba turbado por la toma de la plaza, derrochaba muchos soldados y debía apresar a varios nativos que moraban los aledaños y que no se habían albergado tras los muros para tenerlos con los zapapicos y palas ocupando las trincheras, los caminos cubiertos, las paralelas y los reductos que se veía forzado a erigir para ir arrimando sus filas a nuestras murallas. Ni que decir tiene que los trato peor que a alimañas, forzándoles a atarearse sin respiro a golpazo de látigo, ese era el género del franchute.
Como la prisa por pasar a la historia le urgía y viendo la férrea tutela que le enfrentaban los nuestros, mando en varias ocasiones a embajadores para que rindiéramos la plaza, pero Contreras, como ya os he reseñado en ocasiones, los recibía a fusilazos cegándose en la madre y los muchos padres de aquella gentuza. Eso crispó al gabacho y en sus memorias tuvo la temeridad de reconocer que había comunicado a Bonaparte en diversas ocasiones diciendo que Tarragona precisaba de un escarmiento. El muy cabrón, si lo tuviera al alcance de mi sostén, le partiría la crisma a golpetazos.
 Y finalmente entraron en la ciudad, vaya si lo hicieron, y aligeraron todo su resentimiento sobre mis conciudadanos, mis camaradas, mis parientes. En menos de dos horas se forjaron los amos y señores de la plaza, y las travesías quedaron revestidas de cuerpos inertes, mutilados todos. La soldadesca gabacha, al alarido de ¡Viva el gran Napoleón y viva el general!, recorría toda la capital en busca de sus víctimas inocentes. Encubierto el sol, las flamas de los centenares de hogueras reemplazaban el claror del día. Las hordas francesas no dieron cuartel a ninguno. Hostigaban a los vecinos de la ciudad cosiéndolos a bayonetazos, otros eran lanzados desde los miradores, terrazas y azoteas. Centenares de inocentes fueron arrojados a las llamas. En la santa catedral se cobijaron mas de ocho mil almas, una de ellas, la mía. Que Dios me perdone por haber sobrevivido, que me perdone, si puede.
Vosotros, que leéis estos pliegos desde vuestros hogares frente al fuego y al cobijo de la distancia que impone el tiempo, no sabéis nada de lo que es el verdadero espanto que vivieron vuestros antepasados, el horror, el miedo que padecimos todos. Las humillaciones, degradaciones, deshonras, ignominia, ofensa, afrentas, vejaciones, ultrajes, maltratos…
Los chillidos de pavura y de pánico aparecían desde el fondo de todas las gargantas que allí nos reunimos. De los críos de teta, de los muchachos lampiños, de los mozos acobardados, de las madres, hermanas, hijas, vecinas. Todo era un valle de lágrimas y sangre. ¡Dios mío, pero cuánta sangre!
Los gabachos ingresaron a la estampida en la catedral, despojando las reliquias y proveyendo mandobles a los que se apresuraban a recoger del piso las sagradas formas, arremetiendo contra ellos de forma brutal y salvaje. Cuando se cansaron, sacaron de entre los muros del recinto catedralicio a una ingente muchedumbre, y sin piedad alguna, ajusticiaron a más de 700 lugareños. A otros les obligaron a retornar a sus moradas para entregarles todo lo que tenían de valor, dinero, alhajas, para luego ser degollados bárbaramente.
Las mujeres fueron objeto de la más asquerosa ferocidad. Fueron quebrantadas en la misma catedral a la vista de todo el mundo, una tras otra, desprendidas de sus vestimentas, tratadas como ganado que colmaba de lujuria las viles tropas francesas. Otras muchas, sacadas a culetazos y transportadas a sus hogares para satisfacer las inclinaciones bestiales con mayor sosiego. La que enfrentaba una minúscula firmeza, era acuchillada frente a todos, sin contemplación ni humanidad, entre alaridos de infinito dolor.
Nosotros, nos cagábamos y orinábamos encima, bajo un frío atroz, despojados de nuestras telas, hacinados como escoria humana, bajo la mirada del Altísimo.
Sé que doña Encarnación, esposa de un letrado, se arrojó a una cisterna por dos veces, probaba de asfixiarse, pero la escasez de agua en el depósito no le procuró tal salvación. Los imperiales la sacaron del agua y en presencia de su consorte, la ultrajaron por ochenta veces, luego la degollaron. Otra mujer que sacaban de la catedral, dejó a su crío de teta a un anciano, en un descuido de su captor le arrebató el sable y se quitó la vida.
Un soldado se llevaba a una agraciada joven a su campamento, pero durante el trayecto se topó con cuatro oficiales que la pretendían para ellos. Desenvainó su sable y le dio muerte, prefirió acuchillarla antes que compartirla. Otra pobre desgraciada fue violada brutalmente por cuatro franceses al mismo tiempo, expirando por las brutales embestidas y heridas de los sables, todo,  ante los ojos de muchos de nosotros.
El dueño del horno de las cuernas, el que vendía hogazas en la bajada de Misericordia,  fue asado vivo en su propio fogón.
Dos mujeres, madre e hija, se hallaban en el arco de San Magín atendiendo una partera. Cuando llegaron los soldados se abrazaron y contemplaron cómo arrancaban a los lesionados de los lechos y cómo despojaban las alhajas del templo y estiraban de los pendientes de las orejas de las señoras, que aullaban de dolor. A la lumbre de las antorchas atendieron cómo los imperiales se paseaban como desequilibrados en busca de mujeres y caudales, y cómo en la punta de sus bayonetas pendían las testas de criaturas que exponían orgullosos a sus compadres, horribles estandartes humanos, todos, criaturas inocentes.
La hija de esa señora fue sorprendida por un soldado italiano, ella corrió hasta la verja, a la que se aferró con fuerza, pero el verdugo llamó a sus compinches. La madre se postró de hinojos rogando respetaran la honra y la vida de su hija. Los soldados se hallaban ciegos con la moza, intentando arrancarla de los barrotes, pero la joven se asía con endiablada fortaleza, hasta que uno de ellos, cansado, desenvainó su sable y le cortó los brazos de un tajo. La moza cayó al piso y fue violada así, sin brazos, mientras se desangraba y moría bajo la agónica mirada de su madre.
Los que se refugiaron en la torre de la catedral, fueron arrojados por los ventanales. En las casas se destruían muebles, se derribaban tabiques, se taladraban muros en busca de tesoros que creían ocultos, asesinando a los dueños por no encontrar nada.
Los jinetes pasaban por encima de los cuerpos al grito de «egorger» «degollar», rematando con los cascos de sus caballos a todo infeliz con el que se cruzaban. Pero no todos murieron sin defenderse. Hombre hubo que hizo morder la tierra a diez franceses desde lo último de las gradas, armado con un fusil, y cuando sucumbió, se cebaron con él haciéndolo trizas. Eran perros, lobos, pero no vi allí ningún hombre.
El día 30 cesó la matanza, puramente porque no quedaban víctimas que degollar. La ciudad exhibía un aspecto de desolación. Miraras por donde miraras todo eran despojos y cadáveres. De las 20.000 almas que había en la ciudad en el momento del asalto, fueron acuchillados más de 5.700, ahogados 300, heridos y mutilados 5.450, prisioneros 6.300; del resto no se tiene constancia, quizás lograron huir de la barbarie.
 Una tercera parte de los edificios fueron plenamente destruidos por las quemas y las bombas.
La atroz fiereza y la posterior esclavitud son hechos atemporales que no olvidaremos.
No terminaría de enunciar ferocidades, pero no puedo prolongar éstas líneas con más pormenores, de tanta brutalidad.
Todos sucumbieron como héroes y aquella mortandad, aquel bárbaro escarmiento que sufrieron los nuestros… lo grito alto y con voz potente, para que se me atienda, que tamaña atrocidad se la debemos a los verdugos y criminales de Suchet, pero también a los cobardes como Campoverde, Sarsfield, Contreras, Cano, Eroles, Courten, a los miembros de la propia Junta… a los cobardes y cabrones que nos abandonaron, que proyectaron su huída dejando tan solo una misiva a Suchet en la que le instaban piedad para los civiles, lo que me manifiesta que sabían lo que iba a acontecer con nuestras vidas.
Por eso, y solo por eso, es por lo que la Historia debe un resarcimiento a Tarragona y sus muertos, sus héroes, y quizás por eso, porque había tanta y tanta porquería que encubrir, nunca se la han concedido, pero como os dije al principio, yo me he propuesto que esta barbarie se sepa por todos, para que vociferéis conmigo y con orgullo, yo soy de Tarragona y yo no me rendí jamás.
Continuad vociferando: a mi abuelo lo degollaron los gabachos, a mi hermana la quebrantaron y acuchillaron, a mi padre lo golpearon y asesinaron a traición, a mi madre la descuartizaron en mi presencia, a mi hermano le cortaron la cabeza y la hundieron en una pica mientras recorrían a lomos de un caballo las travesías, mi hogar fue saqueado, incendiado, yo fui herido y apaleado, desnudado y obligado a quemar los cuerpos de los míos, y luego, luego viví la esclavitud posterior durante tres largos años, pero esa es otra historia que quizás algún día os cuente, si la vida me da un último respiro para ello.
Me dirijo a vosotros, custodios de la memoria de esta ciudad, descendientes de aquellos grandes hombres y mujeres. Corred la voz de la traición, de la perfidia, y señalad a los culpables, para que mueran de vergüenza, si es que la tienen.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Tercera entrega de las crónicas de El Mellado

Juan Sénen de Contreras


Bien, bien, marchamos con buen poniente. Pues eso, que como ya somos veteranos de tantas jornadas como andamos platicando a esta panocha tapizada que me encajan delante de los hocicos, y si bien me tienen seco y sin aguardiente que arrojarme al coleto, les voy a premiar, para que observen que no soy un resentido, con las confidencias que alcanzaron mis orejuelas de lo acaecido con Juan Sénen de Contreras. Asienten bien sus posaderas a sus poltronas, que lo que van a juzgar, nadie antes se los ha desahogado.
Juan Sénen de Contreras, mariscal de campo, fue investido gobernador militar de la plaza a primeros de junio por el comandante en jefe Marques de Campoverde. En aquel entonces, Campoverde había vaciado la plaza de las tropas que la dotaban para apostar un cuartel general en Valls, y me almaceno los propósitos que albergaba con ello.
Así pues, cedió el caudillaje de la marina a Pedro Sarsfield, con un grado de cierta emancipación con relación a Contreras, lo que trajo alguna oposición entre ambos mandos con consecuencias espantosas para la ciudad.
El brigadier, consumando devotamente las disposiciones recogidas del comandante, elaboró pocos negocios con el plan de desbaratar las labores de los franceses, pero estos, pronto construyeron frente a las murallas del arrabal, diversos caminos cubiertos y paralelas, a la vez que varios reductos, donde apostaron su artillería de grueso calibre y forzaron con tan solo dos tiros de cañón, y permítanme que lo recalque, dos tiros, a que la escuadra del comodoro Codrington y las cañoneras españolas se esfumaran del alcance de sus catalejos y se guarecieran, como dicen hacen los avestruces, en el milagro, frente al Fortí de la Reina, vamos, que les faltó tiempo para salir corriendo y abandonar la fiesta.
La finalidad del francés era hacerse con los baluartes del arrabal, desde el fuerte Real, vadeando por el del Francolí, el de Orleans y la Luneta del príncipe. En tanto aconteció un hecho vergonzoso que a continuación les voy a referir:
Les anticipo que nada de lo que sucedió quedó transparente, ni siquiera en el juicio que se cumplió en Valencia unos años más tarde. El hecho fue que el brigadier Sarfield se hallaba lastimado en un remo, o eso se barruntaba por las travesías, y no se sabe si a petición propia, por mandato del comandante o por desacuerdos con Contreras, éste le rubricó la venia para que Sarsfield dejara su sitio con los 2000 soldados que amparaban los baluartes y cortinas que tanto codiciaba el gabacho.
Los tres mandos se arrojaron las culpas a la testa de aquella felonía furtiva, pues a nuestros ojos, fue una deserción en masa y a todos nosotros, que observamos con el corazón en vilo como Sarfield arriaba velamen y se esfumaba, abandonando a los valedores del arrabal y dejándolos solos ante los imperiales, se nos menearon las tripas por tamaña pavura, apretamos dientes y puños y gimoteamos de impotencia.
Contreras, una vez Sarsfield había desertado de la plaza, pues no tiene otro nombre su vil acción, garabateó al marques lastimándose y refiriendo la debilidad en la que había quedado el arrabal, y eso, después de rubricarle el pasaporte al brigadier; le departía de la falta de artilleros, la escasez de ingenieros y zapadores, así como maderos, travesaños y todo cuanto apreciaba necesario para la defensa.
Tanto berrearía Contreras que parece que el marqués accedió, pero caballeros, no se hagan ustedes quimeras, que asemejan ser críos de teta y se lo pasan todo, me he pronunciado cabalmente, he expresado parece, no que accediera, y me  explico… El marqués, mucho cacarear y no poner huevos, prometió embestir al enemigo por la retaguardia, o por las posaderas, que ya me conocen, con más de 4000 soldados que se había transportado de la plaza y reposaban u haraganeaban en Valls, que yo no me hallaba presente para verlo ni nadie me refirió cómo derrochaban el tiempo.
Los soldados, que cumplen tenazmente las órdenes de sus mandos, perduraron en el exterior aguardando la decisión de arremeter contra los gabachos, para serenar la situación de la plaza en general y en concreto del arrabal, pero la soldadesca esperaba paciente hasta que se oculto el sol y las negruras les envolvieron,  más la orden del general no llegó y ellos, con la rabadilla entre los remos se tornaron para Valls, que la noche enfriaba y no era materia de salvarla a la intemperie.
Ese desdichado hecho, o esa farsa del marqués, aprécienlo como les plazca, que yo ya no ando a mis años para desparramar descalificativos, o evacuarme en la tumba de nadie, y pasado el 24 de junio, que es cuando debía causarse la embestida prometida por el marqués, mosqueó sobremanera a Contreras, quien principió a cavilar cómo podía amparar a la dotación del ejército que permanecía acobardada tras las murallas, he dicho a la soldadesca, no a los vecinos, que para nadie contábamos o qué barruntan ustedes, menos mal de mis religiosas, que me miman como a un infante.
Así se hallaban los ánimos y algo debía husmear el marqués del malestar del gobernador, porque ciertos altos mandos de la plaza recibieron un pliego del comandante para que celebraran un consejo de guerra, con la amenaza de que si Contreras decidía rendir la plaza, entre ellos designaran un sucesor con el precepto de no rendirla bajo ningún concepto.
Contreras que en absoluto veneraba la reserva de las misivas, al llegar estas a sus manos, las examinó, y prontamente ordenó congregarse con los generales que disponían divisiones y secciones, junto al comandante general de ingenieros, al coronel José Canaleta y a Andrés Eguiaguirre. Una vez congregados y expuesto el estado de la plaza, expresó a sus mandos, y cito: Que siempre que entre los concurrentes del consejo hubiese alguno que en el estado en que se hallaba la plaza pudiera defenderla por más de un día y que demostrara poder hacerlo sin la fuerza exterior, pues ya no contaba con el apoyo de Campoverde, dejaba el mando en el acto y serviría a la ciudad como mero granadero.
Los apiñados declararon que resultaba insostenible amparar la plaza. Andrés Eguiguirre, procediendo de secretario del consejo, principió a elevar acta uniendo a la misma las cartas de Campoverde, cuando en ese soplo hace acto de presencia un jefe militar con un oficio de la Junta Superior de Cataluña en el que se instaba a Contreras, pero mejor se los declamo a viva voz: Se le insta con el mayor calor, a que, atendida la terrible situación en que se halla la plaza, expuesta por necesidad a sucumbir por la falta de socorros y por la toma de los puntos exteriores por parte del enemigo, a salvar a la valiente guarnición a fin de reunirla en el exterior, una vez unida con esa fuerza, el futuro del principado será muy distinto.
Jeje, consiéntanme que me sonría. ¿Deshonroso, cierto, o solo me lo parece a mí? Tanto Contreras, que consiente y acepta la invitación de la Junta para huir de la plaza, eso sí, sin rendirla, no sea que la historia le trate mal a él o a Campoverde, tal como le sucedió al conde Alacha por lo de Tortosa, como la Junta Superior de Cataluña y el propio marques, se habían olvidado de Tarragona y sus naturales, pues ahora su objetivo, dada la inminente perdida de la ciudad, era congregar un gran ejercito para salvaguardar el futuro del principado, al presente que lo sepulten, como muchos procuraron hacer, pero para que eso no acontezca, se halla Jordi, El mellado, que les he puesto las traseras bien visibles, para que puedan ver sus lanudos y cagados posteriores, culos, vamos, que tanto eufemismo me cansa a mí mismo.
Pero la pantomima que compusieron para serenar a los vecinos fue sorprendente. Campoverde ordenó al barón de Eroles, el día 27 de Junio, que se arrimara hasta Tarragona, donde le aguardaba Contreras. Uno y otro se anduvieron por las defensas a la vista de todos. Concluida la representación, el barón abandono la ciudad con la palabra de retornar con socorros al día posterior, sin embargo, Juan Senén de Contreras poseía otros propósitos y ciertamente el barón, no regresó.
Excusen si me dejo cosas en el frasco, pero es que las traiciones fueron tantas que me ensancho demasiado y no merece la pena referirlas todas, como los 1200 infantes ingleses que no alcanzaron a desembarcar porque Contreras les expresó que hicieran lo que les diera la gana, y lo hicieron, no desembarcando, o que esa misma noche Campoverde, que no vivía al tanto del oficio de la Junta y de la pretensión de Contreras de desertar de la plaza al día siguiente, establece que le despachen a 3000 soldados para que se apiñen con él en Valls, o como el Coronel Canaleta ordenó abrir un rastrillo para dejar el paso expedito a los imperiales, o como los 2000 soldados que resguardaban la segunda línea de defensa se habían eclipsado de sus puestos, o cómo,… si mejor me introduzco la sin hueso en la embocadura y me silencio.
La escapada de los soldados solo podía cumplirse por el paso que había entre el fuerte del Olivo y Constanti, así que Contreras apadrina la disposición de tocárselas de la ratonera a las ocho de la noche del infausto día 28 de Junio. Se convino esa hora porque conjeturaban que Suchet ingresaría en la ciudad algo más tarde y tendría sus tropas y esfuerzos consignados en el arrabal frente a la muralleta, en lo que era la segunda línea de defensa.
Ordenó entonces, que la guarnición surgiera en tres secciones, la primera de 1500 hombres gobernada por el coronel Antonio Roten, la segunda de 2000 hombres al mando del mariscal Don Juan Courten, y la tercera, con 2900 soldados, al mando del coronel Andrés Eguiaguirre.
Pero dilectos oyentes, el general Suchet se les avanzó, y a las cinco de la tarde hacía su entrada en la ciudad por la calle bautizada posteriormente de Asalto, lo que imposibilitó que los soldados se fugaran de la misma, pero siguieron probándolo, y como no podían hacerlo en perfecto orden por la puerta del Roser, lo pretendieron por el portal de San Antonio, por el camino Real de Barcelona, junto a muchos paisanos, pero las tropas imperiales les obstruyeron el paso e hicieron cautivos a todos los soldados. Sepan ustedes que respetaron la vida de los soldados, no así la de nuestros vecinos, que fueron vilmente degollados.
Contreras, a quien puede que el arrepentimiento por la orden que había dado de desertar le royera las profundidades, dejó un pliego escrito dirigido a Suchet, demandando humanidad para los naturales de la ciudad. Y Yo digo, que se metan su humanidad por el bujero que más apretado tengan, que nos dejaron solos y desamparados en manos de los verdugos imperiales.
Ese fue el ejercito que poseímos, el que vino a protegernos, el que nos entrego, el que nos abandono, y ahora todos claman un lugar en la historia como héroes, pero si los únicos héroes fuimos los que perseveramos protegiendo la plaza, los ancianos, las mujeres, los chiquillos, los mozalbetes, los obreros, en suma, nosotros, que vertimos torrentes y torrentes de sangre a expensas de la vil cobardía de los mandos y soldados. Y por hoy, ya han tenido suficientes revelaciones.

lunes, 9 de mayo de 2011

Segunda entrega de Jordi El Mellado

El Marqués de Campoverde
Luis González de Aguilar

A las buenas nos de Dios, sí, soy yo nuevamente, El Mellado. Hoy voy a detallarles en esta mi segunda intrusión ante ustedes, a la figura de nuestro comandante en Jefe, Don Luís González de Aguilar, el Marqués de Campoverde.
No me ensancharé de forma recargada al denunciarles cómo su excelencia logró la jefatura del Principado, pues por aquellos entonces la ostentaba de interino Miguel Iranzo, alguien a quien parece ser no le sentó nada bien la desventaja que indujo la pérdida de Tortosa por el longevo y lesionado Conde Alacha, a quien Campoverde le constituyó un consejo de guerra y le penó a palmar decapitado, pero como el conde se hallaba preso del francés, tuvo el marqués la ocurrencia de cortarle la testa a un muñeco de trapo, así andábamos entretenidos debió cavilar, y por entonces así era.
Pues sí, expresaba que el derrumbe de Tortosa se produjo a finales del año de nuestro señor de 1810, ya durante la primera semana de enero su excelencia Miguel Iranzo formalizó ante la Junta la dejación de sus funciones en favor del marqués, alguien a quien no había propuesto ni la Junta Superior de Cataluña ni el Consejo de Regencia, ni nadie con mando que yo sepa, salvo el del propio Iranzo, y que se llevaba a envenenar, me refiero al marqués, con los generales catalanes, como Milans, Clarós y Rovira. En su amparo, Iranzo argumentaba su avanzada edad, lo mismo que el resto de sus generales, pues todo señalaba que nadie anhelaba esa patata calentita después de lo de Tortosa y menos con Suchet arrimándose a Cambrils.
En fin, que todo revela que para alentar los ánimos y como el marqués se hallaba bien abrigado con los húsares de granada, gente de mucho respeto en la plaza, alguien envió, o quizás fuera por empuje propio, al páter Coris, un cura del Oratorio de San Felipe Neri, sí, por allá, por Cádiz, que dicen que es de España, lo de la Pepa, que no me atienden bien.
Pues no va el Páter y se hace juntar por los tablajeros una tribuna para templar los ánimos, arrojando alabanzas a favor del marqués y en contra de O`donell, aunque eso no hacía falta que lo forjara, pues a ese fulano que se nos arrió con varios cofres de monedas hasta la isla, con el subterfugio de curarse de una lesión, nadie le pretendía en la plaza, pero ahora no toca departir de O`Donell.
Ese páter, no gozoso con arengar al populacho, se acarreó de la ciudad vecina de Reus, creo que del mismo Mercadal, no menos de doscientos exaltados que aclamaban al marqués por todo el empedrado de la plaza, y la que ajustaron en el hostal de Serafina con letreros y apetitos de gresca ni se los refiero, que hubo su más y sus menos y tuvieron que parar a más de uno a golpe de sable y a punta de fusil. Incluso se señalaba a González de Aguilar andar detrás del páter, alentándolo para que engrescara los ánimos de los nuestros en su favor, algo que no me casa en la mente, pues según su propio manifiesto, hasta en tres ocasiones escribió al Consejo de Regencia poniendo su cargo a disposición de sus componente, pero maldito caso que le hicieron, yo pa mi que se arrepintió de ostentarlo una vez lo había logrado, quizás no midió bien las consecuencias del mismo, pero quita, que me despego de lo importante.
Expresaba, que bastante oscuro andaba el modo y las formas con las que el marqués logró la Jefatura, pero ahí lo teníamos, con su casaca impecable y sus charreteras brillantes, luciendo porte por las travesías cuando no se acuartelaba en el Fortí de la Reina.
Digo que teníamos comandante en la figura de Campoverde, y una vez perdido el fuerte del Olivo, formó un consejo de guerra con su estado mayor para disponer de las tropas que guarnecían la plaza, con el sano o insano pensamiento de hostigar a Suchet por los posteriores, o como mentan los soldados, por la retaguardia, que al postre es la misma cantinela.
Así que ni corto ni perezoso, el mismo día 28 de Mayo, amén de bautizar un nuevo gobernador, que lo fue, Don Juan Sénen de Contreras, y disponer al que lo era hasta entonces, Juan Caro, que fuera en busca de socorros para amparar Tarragona, manda y ordena que más de 6000 de los muchos bizarros soldados que habían arribado desde todos los territorios de España para escudar la ciudad, que emergieran de la plaza y se fletaran hasta el Rourell o Valls, que no lo recuerdo, donde su excelencia pretendía asentar un cuartel general con aquellas tropas, con la palabra de regresar raudo si los sucesos lo requerían, ya os digo, con la mira de cercar al enemigo y darle por detrás.
No conjeturen que los arbitrios del marqués no inducían a que se nos corrieran los pedos como a los abueletes y nos aviváramos con nuestros orines, que cuando distinguimos salir a toda la soldadesca y nos quedamos a solas con Contreras, un sudor frío nos anduvo por el pescuezo.
Para mí que la tropa que se llevó el marqués se le antojó poca y al mismo desembarcar 2000 soldados en el puerto, despachados por O`Donell, que por aquel entonces era el comandante de la región militar de Valencia, va el marquesito, permítanme ustedes la confianza, y los embarca nuevamente para instalarlos en Valls.
Si es que la tropa en la plaza menguaba y la del exterior anexaba, algo que no concebí muy bien, pues si venían a amparar Tarragona, en lugar de realizar salidas para desorganizar las obras de Suchet, como le requeríamos todos, incluidos sus muchos generales, pues el gabacho se arrimaba oscuramente por el arrabal con sus zanjas y paralelas, que ya adivinábamos las oscuras bocas de sus cañones de grueso calibre, va nuestro gran estratega y los saca de entre las murallas para ponerlos a buen recaudo, no sea que se les manchen y luego tenga que baldearlos con aguardiente, que de agua andábamos mas bien justos.
Pues si esto les parece suficiente, asienten sus posaderas y tengan aguante, que aún falta lo mejor por venir.
Andaba el Brigadier Pedro Sarsfield herido en un remo, o eso se cuchicheaba por las travesías. Se hallaba protegiendo el arrabal, qué sé yo si cabeceaba en el fuerte del Francolí, en el Real o en la Luneta del príncipe, frente al enemigo, que pa mi, arrojos no le faltaban al brigadier Sarsfield. Pero sucede que Don Juan Sénen de Contreras, no sé bien si por arranque propio, por precepto del marqués, o a postulación del brigadier, le otorga el pasaporte, si, la venia, vamos que el brigadier se nos despega y planta a los de la plaza.
No me gusta alzar la voz, pero ustedes me han atendido bien, a menos de 60 toesas teníamos a los franchutes y sus cañones, que hasta les olíamos los pedos y manteníamos conversaciones amigables con el enemigo, como: ve a mamar de la teta de tu madre y del pijo de tus muchos padres, y va y se nos embarca el brigadier Sarsfield con otros dos mil soldados a sus órdenes. Pero mantengan ustedes la entereza, que eso debe ser un procedimiento de inteligencia y un servidor no entiende de habilidades militares.
Aunque no ando bien de adiciones, y menos de sustracciones, pues jugar a la morra ya se me hace cuesta arriba, creo que en el exterior cobraba el marqués no menos de 10.000 soldados que en un primer soplo debían de andar tras nuestras murallas, al abrigo de las aspilleras vomitando tiros a los franceses y conversando con ellos, como era costumbre, pero !quiá!
En esa andábamos todos, atendiendo las conversaciones de Contreras por los empedrados donde nos revelaba  que nos hallábamos vendidos si el marqués no regresaba. No sospechan las cagaleras que nos ingresaban al escucharle. Las mozas se le arrojaban a los remos, gimoteando e implorando que venciera la plaza, pero el gobernador las coceaba para retirarlas, y no solo eso, si no que recibía a los enviados de Suchet que portaban la banderola blanca de tregua para pedir la rendición de la plaza y Contreras los recibía a fusilazos, quizás albergaba la esperanza del regreso del marqués, y todo era posible, pues por entonces acudió el Barón de Eroles para tomar nota de cómo andaban nuestras defensas y si precisábamos los socorros del comandante. Anduvieron toda la mañana, Contreras y el barón paseándose de aquí para allá por todos los baluartes y cortinas, tomando nota como buen estudiante para informar a su superior y luego se esfumó entre las negruras de la noche. Lo mismo se reprodujo cuando ya nos encontrábamos con las bayonetas de los gabachos a dos pulgadas de nuestros pescuezos, que desde Cádiz nos embarcaron a 1200 infantes para lidiar, codo con codo con los nuestros contra el común enemigo. Que igualmente los recibió Contreras con los brazos abiertos, pero los infantes no llegaron a desembarcar, quizás por temor a meterse en la boca del lobo, y nosotros, temblando como pajarillos, que el marqués no venía en nuestro socorro, ni les daba a las tropas imperiales por la retaguardia, ni Contreras rendía la plaza, ni los ingleses desembarcaban.
Nos juntamos todos en la catedral rezando para que nuestro comandante se arrimara a las murallas y escupiera sobre el cogote de Suchet, pero eso no sucedió, que nos abandonaron y aún no he logrado conocer por qué el marqués no consumó su palabra para con los de Tarragona. Y pregunto: ¿Alguno de ustedes conoce el motivo?
Recuerdo que tres años más tarde hubo en Valencia un juicio contra Campoverde, por la forma en que había dejado la plaza sin que acudiera a su socorro ni hostigara a Suchet por las traseras, pero de nada sirvió. Solo recuerdo lo que realmente acaeció, y fue que los imperiales ingresaron en Tarragona, a sangre y fuego, eso es lo que sucedió.
Así que correspondamos al marquesito su inestimable auxilio, en su conciencia caiga el crimen de los nuestros, porque aquello fue un atentado en masa, se los atestiguo, y yo, El Mellado, doy fe.






martes, 3 de mayo de 2011

Las crónicas de Jordi El Mellado

De la mano de Onda Cero Tarragona, os traemos las crónicas de Jordi El Mellado.
Os avisaré de los horarios de emisión.

Las crónicas del mellado
El fuerte del Olivo

Lo que voy a reseñarles no crean que es fruto de la calentura o de los efluvios del aguardiente ¡Quiá!, que es tan innegable como que me bautizan El mellado ¿Ah, pero no me conocen?, claro, seguramente muchos de ustedes todavía no han leído La Guerra del Francés –La marca del traidor- Unos pliegos cosidos en forma de librillo que les da por llamar novela, escritos por un tal Amando Lacueva. Pero no se crean ustedes que el artífice de los mismos sea ese caballero, ni hablar, que ha sido un servidor quien le ha revelado todo lo que allí aconteció sin más protagonismo que el mentarme en alguna de sus páginas, vil desagradecido,… arda en el infierno por acaparar toda la fama que yo me he de conformar con la sopa de cebolla que me largan todas las noches las religiosas del asilo.
Digo, que por aquél entonces, discurríamos cercados y sin una gota de agua de Puigpelat, pues los gabachos de los bigotes nos habían hecho varias cortaduras en los canalillos del agua para que la espicháramos de sed — Da la vida que las dispensas se hallaban atiborradas de buenos caldos y la plaza disponía de muchos pozos y aljibes de agua—, pero quita, que me desvío de lo mío.
Andábamos creo recordar por el 27 de mayo del año de nuestro Señor de 1811 y al comandante en Jefe, su excelencia el marqués de Campoverde, Don Luis González de Aguilar para mas señas, se le sobreviene la sutil ocurrencia de exhibir un bando y hundirlo en todas los pórticos, puertas, portones y soportales de los hogares y demás lugares públicos para conocimiento general de los que dormitábamos con el fusil en la mano en las alturas de las murallas, para que los gavachos no se arrimaran más de lo necesario. El susodicho Campoverde enunciaba, con pelos y señales, el negocio del cambio de retén que debía causarse al día siguiente en el fuerte de la Oliva.
Allí andaban ya más que exhaustos la dotación de los de Iberia, buen cuerpo, lleno de valientes, todo hay que decirlo, y Luis González de Aguilar dispuso a 1200 soldados bizarros de los soldados de Almería para que se produjera el cambio en el fuerte y dar así respiro a los que hasta entonces habían bregado de lo lindo, chamuscando pólvora como valientes. Atosigando las columnas de imperiales y desbaratando todo lo que podían las obras de aproximación de los del morrión, dando defunción al general Salme de los imperiales, jeje, buen negocio aquél día cuando el franchute la espichó entre un mar de sangre, ¡así se fermenten sus quebrantados y repugnantes huesos!
Expresaba que el marqués, en contra del sentir de sus brigadieres, hizo público el día y hora del cambio de retén, conjeturo que para que a los espías, soplones, caragirats y afrancesados de Suchet que atestaban la ciudad,  no les cupiera duda alguna de la inteligencia de nuestro comandante.
A todo ello, se añadió que ese mismo día, mandó dejar al descuido unos caños de agua que se embutían hasta las entrañas del fuerte, con la orden de que se anegaran, y para ello, dejó al mando a un par de migueletes que en su vida habían sostenido un fusil, mandando a los húsares que hasta entonces amparaban el lugar a otros negocios que ignoro.
Así de esta guisa amaneció el 28 de mayo y el día transcurrió atendiendo los bronces catedralicios que anunciaban con sus sones, bomba o granada, hasta que finalmente se puso el Sol y las negruras de la noche envolvieron la plaza, momento en que los de Almería aprovecharon, cumpliendo la ordenanza del comandante, surgir por la puerta del Roser socorridos por la cerrazón de la oscuridad y abrigados por el camino cubierto que les transportaba hasta la propia gola del fuerte custodiada ésta por nuestros soldados. Como os digo, era de noche y los nubarrones empañaban la luminosidad de la luna. Al ser los uniformes de los de Almería del mismo color que el de los franchutes, cuentan, porque yo no anduve presente, pues bastante tenía con atender la clientela que se hacinaba en el figón de mi madre, que los bigotudos se mezclaron con los nuestros mientras desde el exterior atosigaban con su cañones, obuses y morteros de grueso calibre los muros del fuerte, logrando a esas alturas de las sombras abrir una brecha en las defensas por la que apenas abrazaba el talento de uno de los suyos revestido con sus morriones. Sin embargo, valiéndose de escalas y sogas, pues me consta que había puesto a trabajar a todos los tablajeros del Camp de Tarragona en la construcción de las escalerillas, alcanzaron ascender por los muros, no sin que los nuestros opusieran bravura y muchas agallas en sus acciones, y les recibieran a sablazos, pistoletazos y fusilazos, llevándose por delante los atributos y bigotes de muchos de aquellos malnacidos.
Pero la traición se apoderó del fuerte, provocando una enorme confusión de nuestros soldados que no descansaban  un solo instante en obsequiarles con buenos mandobles de sus sables, balas de plomo y bayonetazos. Buen acometimiento el que se produjo cuando los muy perros llamaron a la gola del fuerte proporcionando el santo y seña a los centinelas, quienes, ignorantes de lo que sucedía tras los portones del fuerte, los abrieron de par en par al enemigo sin saber que aquello significaba el fin para todos ellos.
A saber quién diablos les había facilitado la misma. Le tendrían que haber dado a catar el veneno de cien culebras para que reventara como un mísero traidor.
Se rumoreaba por la plaza que un sargento se pasó al enemigo y les largó lo que tenían que expresar para que los imperiales penetraran en el interior de nuestro baluarte.
Pero no se crean ustedes que me he olvidado de los caños que según se corría la voz, habíamos dejado abandonados con la máxima de nuestro comandante de anegarlos. ¿Y que apuestan ustedes?, justamente, a algún miguelete o húsar de granada malnacido se le había olvidado cumplir con la orden del marqués, así que los bigotudos se colaron en el interior del fuerte sorprendiendo a los nuestros por la retaguardia, si es que ese ejército está sembrao de gallinas y lo que no pueden hacer luchando cara a cara lo hacen a traición.
Los de dentro andaban bregando con todo lo que se les arrimaba, pero al ser sorprendidos por la propia gola, los caños del agua y por la brecha abierta por su artillería no pudieron hacer mucho, máxime cuando en ocasiones no se atrevían a abrir fuego con los fusiles por temor a herir a los nuestros, o darles muerte en el intento de segar la vida de los imperiales.
Todo sucedió en un santiamén y muchos de los defensores tuvieron que huir saltando los muros y correr como alma que lleva el diablo hasta lograr la puerta del Roser, para cobijarse de la rabia del ejército de Bonaparte por haber dado muerte a uno de sus generales. Y al marqués se le ocurre la idea de arrojarlos a los calabozos, si es que este marqués no andaba nada bien.
Cuando los de la plaza se dieron cuenta de lo sucedido y que el fuerte del Olivo se hallaba en poder de los sitiadores, anduvieron toda la noche disparando la artillería, nadie pudo pegar ojo, hasta que al amanecer, no quedaba piedra sobre piedra de aquel baluarte que había costado cuarenta millones de reales, y tanto y tanto esfuerzo de nuestros paisanos.
Un cántaro de agua fría se desparramó por toda Tarragona cuando la reseña corrió como la pólvora por las travesías, por los figones, por los mesones y los lugares de concurrencia, barriendo desde la ciudad alta hasta el mismo arrabal donde yo me hallaba con mis compadres intentando hacer un favor a la Esperanza, pues les había ganado un puñado de reales jugando a la morra y era mi turno.
Tendríais que ver la jeta de todos, la desazón se apoderó de nuestros vecinos y no digamos del que os lo cuenta, que los calzones los tenía preñados de orines que atufaban peor que las ventosidades de una mula.
Si vecinos, esa fue la primera de las traiciones que sufrimos aquellos tristes y aciagos días en los que veinte mil soldados del mejor ejército del mundo, pretendían entrar en la plaza de Tarragona para degollarnos, y nosotros, pese a todo, nos defendíamos apretando los dientes, consolándonos los unos a los otros, y gritando al viento nuestro lema… MORIR ANTES QUE RENDIRSE, aunque cada vez lo decíamos más bajito, pues no era necesario que el enemigo nos escuchara.

Jordi El Mellado.


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