martes, 20 de diciembre de 2011

Concurso de relatos.


VISIÓN EN ROJO


Autora: Miren.

Ramón Llobet caminaba por el Figón de la Viuda, un lugar céntrico de la ciudad alta de Tarragona. A esas horas tempranas de la mañana todo estaba desierto, demasiado desolado para tratarse de una jornada normal. El hombre, con pasos cortos y rápidos, se dirigía a su negocio situado en la calle Mercería. Su ciudad ya no era la misma, aunque este hombre se preciaba de su estudiada sangre fría, no podía menos que sentir un escalofrío al notar ese vacío a su alrededor, un vacío tenso, expectante; el preludio de que algo presentía iba a suceder en las próximas horas, pero si le hubiesen preguntado no hubiese, podido ni sabido, dar una razón concreta.

No, no es que este hombre de mediana edad tuviese poderes extrasensoriales, pero su lógica, ayudada por algunas noticias que llegaban a su conocimiento le hacía pensar que algo iba a suceder. Aquel asedio al que se veían sometidos desde hacía tiempo por parte de los franceses no podía durar toda la vida; de una forma u otra la balanza, mas pronto o más tarde, se tendría que inclinar a un lado; y esa situación le tenía un tanto nervioso desde hacía días. Echó un vistazo a las calles colindantes y el estremecimiento le llegó hasta la médula espinal recorriendo toda su espalda, desde el inicio donde esta pierde su casto nombre, hasta la nuca. De repente había visto todas esas calles teñidas de sangre, paró un segundo y se restregó los ojos con fuerza, al abrirlos aquel panorama fantasmagórico había desaparecido.

Aun tratando de recuperar la calma y respirando profundamente, no pudo evitar que aquella visión en rojo le hiciese apretar más el paso. El sastre no era un hombre de grandes convicciones morales; él jamás había presumido de patriota, ni idealista. Ramón sólo entendía de telas, cortes, tijeras, hilos y aguja, era un auténtico maestro en la confección; pero de lo que más entendía y lo que más le importaba en la vida, era el dinero.
Llobet había sido bueno aprendiendo el oficio, pero había sido mejor desarrollando su habilidad para granjearse la confianza de los que tenía a su alrededor. No sabía muy bien por qué, pero la gente era propensa a contarle sus secretos, no sabía si era para desahogarse con una persona discreta que parecía estar atenta sólo a su trabajo, o es que en realidad ejercía una extraña influencia con la gente. Era como si hubiera sido dotado con un extraño don que hacía que las lenguas de los demás se soltasen en su presencia. Si bien al principio aquellas cosillas que le contaban sus clientes, desde amistades indeseables, hasta vicios más o menos grandes; pasando por infidelidades conyugales, le traían al fresco; pronto vio otra posibilidad, el comercio de secretos. Aquello le podía reportar pingües beneficios extras, y era tan fácil como estar siempre con el oído alerta y prestar atención a todo lo que sus clientes le comentaban, bien a él directamente; o a los amigos con quienes se encontraban en su taller. El secreto estaba en hacerse el despistado, él siempre parecía estar atento a su trabajo, pero nunca dejaba pasar por alto aquellas conversaciones que, a simple vista, aparentaban no interesarle. Nunca se sabía quién y qué podría pagar alguien por aquellas confidencias. Su lema era vivir para él y para engordar su fortuna y sus intereses, sin importarle el resto del mundo; él era comerciante, a eso se había dedicado desde su más tierna juventud, que más daba vender trajes o vender revelaciones, todo era negocio; una simple transacción, un intercambio comercial de intereses.

El que fuera un sastre de prestigio era la fachada perfecta, y aquellos tiempos convulsos habían incentivado su negocio de trastienda; por allí pasaba lo más granado de la sociedad tarraconense, no hacía ascos a nadie, por su taller habían desfilado desde los aliados ingleses, a los invasores franceses; pasando por algún representante de las cortes. Y Llobet ponía buena cara a todos, sin importarle ni su nacionalidad, ni sus ideas, ni siquiera su catadura moral. Todos eran bien recibidos y agasajados. El sastre era completamente neutral, cuando sus vecinos se sorprendían de aquella situación, él optaba por cruzarse de brazos y darles una liviana explicación: “Simplemente son negocios, ellos quieren ropa y yo se la doy, nada más importa, yo no tengo que mirar quienes son, simplemente que su dinero sea bueno. Son clientes que pagan religiosamente por mis servicios. Yo vivo de eso, señores; no puedo hundir mi negocio por cosas tan pusilánimes como la nacionalidad o la ideología”

Pero aquella mañana se notaba extraño y con una rara agitación, todo estaba en silencio, no se había cruzado con nadie; algo rarísimo, porque a aquella hora era fácil encontrarse a algunas mujeres camino de sus trabajos o del mercado u a otros hombres de camino a sus respectivos quehaceres.

Cuando entraba por la calle de la Mercería, se cruzó con una sombra embozada. Llobet, que parecía irse acostumbrando a su paseo solitario, no se esperó aquel encontronazo tan repentino y se sobresaltó, ¿alguien embozado de aquella manera en pleno junio? Eso no era normal, aunque era temprano y la brisa marina cargaba el ambiente de humedad, la temperatura no invitaba a ir tan cubierto. La sombra abrió un resquicio en su raída capa y el sastre esbozó de inmediato una sonrisa al reconocer en la forma amorfa a Antoni, uno de los muchachuelos que le servía de espía y de recadero.
¡Carall, Tonet!! Que susto me diste, bien está que cuando te mando a alguno de mis asuntos andes encubierto y prevenido, pero cuando vienes a verme a mí, intenta que te reconozca a primera vista y no seas tan sigiloso; no soy ya tan joven para que mi corazón soporte estas espantadas. ¡Diablo de muchacho! Están los tiempos para pocas bromas y menos para que te quedes sin amo…

El hombre enmudeció de repente al contemplar el rostro demudado del chico. Tonet era un golfillo callejero, un gorrión silvestre habituado, prácticamente desde que nació, a ver de todo, a enfrentarse con la cruda realidad de las calles y los tugurios del puerto. No era fácil asustarle, por eso, la palidez de su rostro y sus ojos desencajados despertaron los temores del sastre.
¿Qué te pasa muchacho? Pareciera que has visto al mismísimo Belcebú. Dime que ocurre.
Amo, tenéis que andar con ojo, esta mañana, antes del alba un tipo se ha cruzado conmigo en el puerto. Os juro que en mi vida le había visto, y os juro mi señor si así hubiese sido no le habría olvidado. Ese rostro parecía la máscara de un penado del Purgatorio y su voz seca, hundida y cavernosa me terminó de erizar el cabello; aunque sólo tuve oportunidad de escucharles unas pocas palabras. Me apremió para que no demorase ni un ápice en entregaros esta nota, me dijo que de ello dependía mi vida… y la vuestra. Os juro señor, que en mi vida he pasado tanto miedo, ese tipo lúgubre y tenebroso me pareció una criatura de ultratumba. ¡Vive Dios! Que volví a ver de nuevo las imágenes fantasmales de aquellas almas en pena que yo imaginaba, en mi, ya casi olvidada infancia, cada vez que fray Pere nos daba el sermón dominical en la puerta de la Basílica de Santa María del Miracle antes de repartir la sopa boba entre los que acudíamos a regocijarnos con un plato caliente.
Pero a ti no te ha asustado sólo el aspecto de ese hombre ¿verdad, pillastre? Hay algo más, tú has leído la nota ¿Me equivoco? ¡Malandrín del demonio, en que hora te enseñé a leer! Me has salido más listo de lo que esperaba.
El hombre arrancó la nota arrugada de las manos temblorosas del muchacho. Llobet creía al jovenzuelo cuando le decía que aquel hombre era un desconocido. No en vano el jovenzuelo era despierto, inteligente, conocía a todos los habitantes y visitantes de la ciudad y era muy difícil que se le escapara una cara.
Lo que leyó le dejó el rostro lívido, desde la raíz del pelo hasta el pequeño pedazo de cuello que dejaba ver las solapas de su levita, su piel mostraba una palidez casi mortal.
Unas líneas en una caligrafía que no reconocía le alertaban de algo que, en cierta forma ya veía venir. Entre las confidencias que le llegaban en los últimos tiempos no todas eran secretos de alcoba, o algunas trapisondas mercantiles; últimamente también le llegaban noticias sobre política, el ambiente estaba caldeado y no era ajeno a que su red de confidentes y espías andaban excitados.

Aun así, lo que leyó le alteró profundamente, aquellas letras sinuosas comentaban algo de soslayo sobre una traición; de manera críptica casi utilizando una jerga más parecida a un código secreto que a un mensaje normal, aquel desconocido le avisaba de que las puertas iban a ser abiertas, que, en breve, las murallas darían paso al enemigo. Todo a medias, sin datos claros dejando muchas dudas en el aire. Pero lo que más desató su pánico fueron lo últimos renglones, y los más evidentes de todo aquel misterioso mensaje: “Cuidado señor Llobet, vigilad vuestras espaldas y sobre todo vuestro tesoro, esos pliegos confidenciales que habéis ido atesorando desde hace tiempo. Ponedlos a salvo, de su seguridad también depende la vuestra, la de vuestra familia y la de vuestra red de informadores. ¡CUIDADO!”

Aquella advertencia le heló la circulación sanguínea. Sospechaba que alguien podía conocer su secreto, aquellos malditos ingleses. La última conversación con el comodoro Codrington con sus breves y vagas insinuaciones, le había hecho recelar y dudar de que estos ignorasen la existencia de aquellos papeles. Pero que alguien completamente desconocido lo supiese y le alertase era, cuanto menos, inquietante. El hombre dio unas monedas a Tonet recomendándole encarecidamente que no se hiciese visible durante unos días, que se ocultase de miradas indiscretas y sobre todo que no se pusiese en comunicación con él, salvo que tuviese algo que comunicarle de extrema gravedad. Efectivamente aquello era muy serio y sus vidas corrían peligro.

El sastre recorrió los escasos veinte metros que le separaban de su taller en un vuelo, antes de penetrar en el interior lanzó una mirada a su alrededor. Nada, sólo un vacío turbador le rodeaba; ni un soplo de aire, la brisa que hacía sólo unos minutos golpeaba su rostro había cesado de pronto; esa quietud era insoportable. ¿Una puerta abierta? ¿Muros que darían paso al enemigo? Eso sólo podía significar una cosa y para asegurarse, tendría que volver a leer aquellos legajos que había elaborado durante meses… algo se le había escapado y tenía que dar con ello antes de esconderlos en lugar seguro.

Ramón Llobet volvió a mirar al exterior antes de penetrar en el, todavía, oscuro local; una nausea le subió por la garganta cuando, incomprensiblemente, volvió a ver los adoquines de la calle manchados de sangre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Vídeo presentación